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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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RECURSOS ESCUELA SABÁTICA 
Comentarios de la Lección 

I Trimestre de 2008 

El discipulado 

Lección 8 

23 de Febrero de 2008 

La experiencia del discipulado 

Prof. Sikberto Renaldo Marks 


Versículo para Memorizar: "Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si al- 
guno quiere venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" 
(Marcos 8:34). 


Introducción 

Los estudios de la lección de esta semana penetran profundamente en el significado 
del discipulado. Cualquier persona puede convertirse en un discípulo de Jesús, pero 
no cualquier estilo de vida sirve al discipulado. 

Vamos a comenzar con una expresión: "Vengo tal como soy". Parte de esta frase es 
el título de uno de nuestros himnos. Es una expresión muy significativa, y es verda- 
dera. Sencillamente debemos ir a Jesús tal como estamos. No debemos volvernos 
buenos y obedientes para así llegarnos a Cristo. Si pretendiéramos hacerlo de ese 
modo, la verdad es que nunca llegaremos ante Jesús. No somos nosotros quienes 
debemos perfeccionarnos para entonces merecer la compañía de Cristo. Es Él quien 
vino para salvarnos, y es El quien nos quiere transformar, así como fue Él quien nos 
creó a través de Adán y Eva. 

Este es el punto que resalta la lección de esta semana, y que iremos profundizando 
en este comentario. Ser discípulo significa aceptar la invitación de Él tal como so- 
mos. En el mismo instante, cualquiera sea nuestra condición, podemos ir a Él. Y esto 
es muy bueno, porque no depende de nuestros esfuerzos el hecho de que podamos 
llegar hasta Él. ¡Pero el proceso no se detiene en eso! 

Cuando llegamos hasta Él, quedamos encantados con Cristo. Aprendemos a amarlo. 
Eso dará como resultado que deseemos que Él haga algo en nosotros, es decir, que 
nos transforme. Así como únicamente Él fue capaz de crear seres vivos, y nos creó, 
así únicamente Él es capaz de transformarnos, nadie más, ni siquiera nosotros mis- 
mos, que estamos hundidos en el pecado. Nuestra parte consiste en amar a Cristo. 
Amándolo, desearemos ser transformados por Él, sentiremos una profunda necesi- 
dad de que eso sea una realidad en nuestra vida, porque ansiaremos ser como Él 


Si aceptamos su invitación, si lo amamos, entonces tendremos una experiencia con 
Jesús. Será una experiencia de vida, tal como la los discípulos de aquellos tiempos, 
quienes tuvieron una experiencia con Jesús durante tres años y medio. Es por medio 
de una experiencia de vida que somos transformados. Y una experiencia de vida con 
Cristo significa lo siguiente: 

• Andar con Él, tal como Enoc. 

• Aprender de Él, especialmente a través de su Palabra. 

• Conocerlo cada vez más, y amarlo cada vez más. 

• Ansiar cada vez más ser como Él, y esto significa apartarse de las atraccio- 
nes mundanales. 

• Gustar de las transformaciones que Él va operando, gradualmente, en nues- 
tra vida. 

La experiencia del discipulado consiste en una vida práctica de cambios. No es sólo 
tener un conocimiento teórico sobre Jesús, sino tener un conocimiento surgido de la 
Biblia (conocimiento teórico), más el conocimiento de la vida práctico que confirme 
ese conocimiento de la Biblia. No consiste únicamente en saber de memoria muchos 
textos de la Biblia, sino en saber cómo aplicarlos, eso es lo que los convierte en algo 
práctico en nuestra vida. No consiste sólo en dominar nuestras 28 Doctrinas Funda- 
mentales, sino vivir esas doctrinas en la práctica cotidiana. 

Si en nuestra vida la práctica fuera distinta de lo que ya conocemos, estaremos sien- 
do incoherentes entre lo que Cristo enseñó y en lo que nosotros queremos hacer; en- 
tre la voluntad del Señor y la nuestra. Es como si oráramos así: "Hágase nuestra vo- 
luntad..." 


El Pan de Vida 

Jesús dijo: "Yo soy el Pan de Vida". ¿Qué significa esta declaración? 

Tenemos dos clases de panes: el pan común, como alimento carnal. El debe ser in- 
gerido, y se hace parte de nuestro cuerpo. Es así que crecemos y nos mantenemos 
vivos, ingiriendo alimento. 

Jesús, como el Pan de Vida, es un tipo de alimento. No es un alimento para el cuer- 
po, sino para el Espíritu. Es un alimento espiritual. Son las palabras de Jesús repre- 
sentadas por el pan. Cristo dijo: "Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí, nunca 
tendrá hambre, el que cree en mí, no tendrá sed jamás" (Juan 6:35). "Yo soy el Pan 
Vivo que descendió del cielo" (Juan 6:51). "El que cree, tiene vida eterna" (Juan 
6:47). "Las Palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida" (Juan 6:63). 

Examinemos estos pasajes. ¿Qué podemos destacar de ellos? 

• Jesús es el Pan de Vida, el Pan Vivo que descendió del cielo. 

• Quién viene a Él y cree en Él nunca más tendrá hambre ni sed. 

• Las Palabras de Cristo son Espíritu y Vida. 


Jesús está hablando de un pan que sólo El puede dar, pues ese Pan es El mismo. 
Las palabras que Él pronunció son esencia de vida, que únicamente Él puede brin- 
dar. Lo que Él dice explica cómo obtener la vida, y sólo Él sabe lo que debe decir. 
Pero para tener la vida, tenemos que creer en lo que El dijo y, especialmente, poner- 
lo en práctica. 

¿Qué hay que poner en práctica? Así como ir a comprar pan a la panadería no sirve 
para nada en nuestra vida carnal, a menos que lo comamos, así tampoco sirve de 
mucho en nuestra vida espiritual conocer lo que Jesús dice y no comer, esto es, 
practicarlo. 

Quien recibe las palabras de Cristo, y las pone en práctica, el tal nunca más tendrá 
hambre ni sed, pues tendrá la vida eterna. El pan para la vida carnal es algo que ne- 
cesitamos comer todos los días. Una vez que somos perdonados de nuestros peca- 
dos, y luego transformados de seres mortales en inmortales, nunca más necesitare- 
mos arrepentimos ni ser perdonados. Cuando seamos salvos, cuando Jesús vuelva, 
estaremos salvos para siempre. Nunca necesitaremos ser salvos otra vez. Tendre- 
mos la vida eterna, no moriremos nunca más, ni siquiera envejeceremos. 

El Pan de Vida, que es Cristo, es el que nos puede hacer inmortales por medio de su 
Palabra. A nosotros nos toca creer en esas palabras y hacerlas parte de nuestra vi- 
da, cambiando todo aquello que no esté de acuerdo con ella. ¡Gracias a Dios que 
Jesús es el Pan de Vida! 


Los niños y el discipulado 

Los seres humanos ejercen influencia unos sobre otros. Tiene que ser así para que 
seamos seres sociales. El problema en el contexto de pecado es que también ejer- 
cemos influencias negativas unos sobre otros. Se ha desplegado en el trayecto de 
pecado el deseo de dominar, que es el contrario al de servir. El deseo de dominar 
proviene de Satanás; el de servir, de parte de Jesús. Junto al ansia de dominio se 
han desarrollado deseos relacionados, como el de ser el más importante, el de tener 
más, el de poder más, de valer más, y así en adelante. Casi ha desaparecido el sen- 
tido de la humildad, del servicio, de estar listo a ayudar. Debido al ansia de dominio 
aparecen efectos colaterales tales como el distanciamiento, la separación, la descon- 
fianza, el conflicto y la guerra, entre otros. Por la humildad aparecen otros efectos co- 
laterales como el desear lo bueno al prójimo, querer que le vaya bien, ayudarlo en 
sus problemas, o ayudarlo aún cuando no tenga dificultades. El ansia de dominio 
está enraizada en un motivo mayor que es el odio. La humildad está arraigada en un 
principio mayor que es el amor. 

Los discípulos también fueron afectados por el deseo de dominar, de querer ser im- 
portante. Era tan intenso este deseo que ni alcanzaron a darse cuenta de que Jesús 
era humilde, que con Él no habría lugar para que alguien fuera el mayor desde el 
punto de vista de los conceptos terrenales. Ellos tuvieron que reaprender los verda- 
deros principios de la vida plena. 


Fueron al Maestro con la mejor de las intenciones y le preguntaron quién de ellos 
sería el mayor en el reino de los cielos. Y esta curiosidad estaba requiriendo una 
respuesta. Pero ellos no imaginaron la clase de respuesta que tuvieron. 

Jesús les dijo que si no se hacían como un niño ni siquiera podrían entrar en ese re- 
ino, disputando como estaban el puesto de mayor poder. Y Jesús remató su res- 
puesta diciéndoles que aquél que se volviera un niño sería el mayor en ese reino. 

¿Qué quiere decir esto? Es muy simple: el reino de Dios es gobernado por el princi- 
pio del amor. A causa del amor, no se busca el dominio sobre otro, sino estar siem- 
pre dispuesto a servirlo. Y eso es algo contrario a las inclinaciones naturales que se 
manifiestan aquí en la tierra. Para actuar así, sólo es posible ser humildes, y los ni- 
ños lo son. 

Pero ¿qué significa lo que Jesús dijo respecto de que aquél que se haga como un 
niño será el mayor? También eso es fácil de entender. El criterio de grandeza en el 
cielo es la capacidad de servir. Cuanto más capaz se vuelve alguien de servir a los 
demás, mayor es. Por ejemplo, Dios es el mayor en su Reino. ¿Por qué? Porque Él 
es capaz de servir a todos, en cualquier circunstancia; y si fuera el caso, podría 
hacerlo al mismo tiempo. Por lo tanto, lo que Jesús estaba diciéndole a estos curio- 
sos era en verdad un desafío imposible de ser alcanzado por un ser humano, el de 
ser tan grande como Dios. Es decir, ser el más humilde implica servir más; ser tan 
capaz de servir a todos los seres del universo sin agotarse jamás. ¿Y hay alguien por 
aquí que sea capaz de algo tan grande? 

Por eso es que Dios tiene poderes ilimitados, porque Él es amor, y por su poder, 
ama y sirve a todos los seres del universo y no se fatiga ni se cansa. Para Él no hay 
nada imposible. Así, El es el mayor, y nosotros ni siquiera podemos ser capaces de 
medir nuestra proporción de tamaño con respecto a El, que es infinito en sus atribu- 
tos. Nosotros somos finitos, no hay modo de que podamos compararnos con Él. 

Por ventura, ¿habrá alguien que, leyendo este comentario, deseara ser el mayor en 
el Reino de los cielos? Es bueno desear ser grande en ese reino, pero no el de ser el 
mayor. Si así fuera, comienza ahora, haciéndote humilde y desarrollando, por el po- 
der de Dios, la capacidad de servir, que es lo contrario a mandar. ¿Y qué debemos 
hacer? Tomar iniciativas prácticas. En nuestra familia de vez en cuando hacemos al- 
go en tal sentido. Días atrás, por ejemplo, cambiamos uno de nuestros automóviles 
por otro, mucho más sencillo. Es menos confortable, es verdad, pero no llamará la 
atención hacia lo que para cualquiera podría significar mayor estatus. Creemos que 
fue una decisión importante. Aunque cada uno podría actuar de acuerdo con sus 
prioridades. 


La Transfiguración y un fracaso 

Este punto resalta la confrontación de la providencia divina y la actitud del ser huma- 
no. Vemos un contraste que sólo el amor del Creador puede resolver, nadie más. 


Reconozcamos la providencia divina. Cierto día Jesús invitó a tres discípulos para 
subir al monte. Ellos eran Pedro, Santiago, y Juan. No sabían que iba a ocurrir. En la 
cima, vieron la manifestación del poder de Dios y percibieron la Divinidad de Cristo. 
El fue transfigurado delante de ellos. Su semblante se volvió divino, resplandeciente 
como el sol. Su rostro brilló con una luz intensa. Sus ropas se volvieron de un color 
blanco puro. Y Dios dijo que Jesús era su Hijo amado, y declaró que debían escu- 
charle. Y junto a Él estaban Moisés y Elias, uno representando a los muertos que re- 
sucitarían; el otro a aquellos que serían salvos sin ver la muerte, grupo de los cuales 
muchos formaremos parte. Esas tres cosas fueron una impresionante manifestación 
con respecto a quién era en verdad Jesús. Una prueba incuestionable de que Él era 
el Salvador. 

Jesús siempre aporta pruebas suficientes para que creamos en Él. A todos aquellos 
que necesiten alguna prueba les será aportada. Pero para eso es necesario sentir el 
deseo de seguir a Cristo. Consideremos dos ejemplos. Para el rey Saúl, después 
que se desvió de Dios, no le fue dada ninguna prueba más por medio de profetas, 
específicamente, por parte de Samuel. Para que Dios se revele a nosotros, de algún 
modo, dependemos de que nosotros sintamos la necesidad de ser dirigidos por Él. 

¿Qué quiere decir la lección con el "fracaso"? Pues bien, después de tantas pruebas, 
de sanaciones y milagros que pudieron presenciar, incluso experimentar, estos hom- 
bres continuaban fallando. Los discípulos, como seres humanos, por ejemplo, aban- 
donaron a Jesús en su hora de mayor necesidad, uno de ellos llegó a negarlo y otro 
lo traicionó. 

¿Qué significa esto? Que nosotros necesitamos cultivar la fe. Es una semilla peque- 
ña, como un grano de mostaza, que nos llega a través de Dios. El, siempre que las 
necesitemos, nos da pruebas de que esa semilla tiene poder. También nos aporta 
las pruebas, que son como el abono para esa semilla. Pero somos nosotros los que 
debemos cultivarla, y eso es una vida práctica de obediencia. Poniendo la fe en 
práctica estamos dando oportunidad para que ella germine, eche raíces profundas y 
brote hacia arriba. Crecerá y se convertirá en una planta grande y poderosa. El agua 
y el abono serán abastecidos diariamente por el que aportó la semilla, pero somos 
nosotros quienes debemos colocar esos ingredientes en el lugar correcto. Así ten- 
dremos el poder de la fe que es creer en Dios y vivir en Él diariamente. 


El discurso del Monte de los Olivos 

Jesús dio este discurso en el monte de los Olivos, de allí el título. Allí respondió a las 
preguntas de los discípulos acerca de la destrucción del Templo, sobre la Segunda 
Venida y la consumación de los siglos. 

Jesús lo hizo de una manera interesante. Muchas cosas que sucederían unas tres 
décadas después también acontecerán hacia el final de los tiempos, en nuestros 
días. Entonces él respondió de un modo que sirve para dos épocas diferentes. 


La lección destaca las señales que Jesús mencionó, aquellas que sirven como un 
llamado de alerta para que nos preparemos. Las señales que aparecen en Mateo 
24:4-44 son las siguientes: 

Muchos aparecerán en el nombre de Jesús diciendo que son Cristo. 

Muchos serán engañados (eso también ocurrió antes del año 70 d.C). 

Muchos se escandalizarán, traicionarán y se odiarán unos a otros (y eso de 

parte de aquellos que pertenecían al pueblo de Dios). 

Se levantarán falsos profetas (hoy podríamos decir "falsos pastores", dentro 

y fuera de la iglesia de Cristo). 

La iniquidad se multiplicará. 

El amor de muchos se enfriará (abandono de la fe). 

Será necesario perseverar hasta el fin (de la vida de la persona o de los 

tiempos). 

Surgirán falsos cristos en muchos lugares. 

A pesar de todo lo predicho, muchos caerán en esas falsas demostraciones 

de poder. 

Jesús vendrá desde el espacio, así como un relámpago se extiende desde 

el oriente hacia el occidente. 

No obstante, el día de este evento nadie lo sabe. 

A pesar de ello, las palabras de la profecía son verdaderas. 

Hay que velar (estar atentos a las señales proféticas), porque nadie sabe ni 

el día ni la hora. 

El Hijo del Hombre vendrá a la hora menos pensada. 

No debemos ser tomados por sorpresa. 

En resumen, ¿qué significa esto? Lo resumimos en cuatro partes: 

1 ) Surgirá un gigantesco sistema de engaños, falsedades y mentiras. 

2) Habría persecuciones y mucho odio hacia los seguidores de Cristo, paganos 
contra cristianos, y los propios cristianos entre sí. 

3) El amor de la mayoría de los que llegaron a seguir a Jesús se enfriaría, y 
esas personas abandonaría las filas y se convertirían en enemigos de los 
que permanecieran dentro de ellas. 

4) Es necesario velar y perseverar hasta el fin para ser salvos. 

Estas cosas sucedieron luego de la partida de Cristo, hacia el final del primer siglo, y 
nuevamente hacia el fin de los tiempos. Gran parte de esas profecías ocurriría duran- 
te los 1 .260 días (538 d. C. a 1 798 d.C, según la profecía de Daniel 7-12. Todo lo 
que los verdaderos seguidores de Cristo tuvieron que enfrentar desde que comenza- 
ron a anunciar el Reino de Dios, cuando ya han pasado casi dos mil años, tendrán 
que pasarlo nuevamente en unos pocos días, antes del fin del tiempo de gracia, y 
después de ese período, durante las plagas. 

Vivimos exactamente en esos días finales. Es tiempo de preparación, tal como lo 
hemos estudiado en temas anteriores, para la venida de Cristo. La profecía de su 
Segunda Venida está muy cercana, mucho más de lo que muchos de nosotros si- 
quiera podemos imaginar. Debemos liberarnos de las cosas de este mundo, de sus 


atractivos. No es sabio cambiar la vida eterna, de delicias indescriptibles por un pu- 
ñado de baratijas aquí en la tierra. Pero, finalmente, la elección es de cada uno. 


Llevar la cruz 

No hay que hablar antes del tiempo oportuno de aquello que todavía no podemos en- 
tender. Hacer esto es arruinar el conocimiento porque perderemos la atención y la 
credibilidad de las personas. 

Cuando yo tenía unos 19 años, fuimos a acampar a las márgenes del río Ibiquí, en el 
estado de Río Grande do Sul, en Brasil. Cierto día, caminando por el bosque, encon- 
tramos un riacho que formaba una piscina natural, con una pequeña entrada y una 
pequeña salida. Dentro de allí había una cierta cantidad de peces. Cerramos las dos 
entradas y revolvimos el agua hasta que se volvió turbia y capturamos casi todos los 
peces sin tener líneas o anzuelos. Fue una pesca grandiosa y sabe Dios que no es 
una historia de pescadores. 

Pero, ¿qué sucedió un día de esos? No mucho tiempo después, estaba en una rue- 
da de amigos conversando. Cada uno de nosotros contaba algo. Algunos contaban 
anécdotas; otros, "historias de pescador" obviamente fantasiosas. Fue entonces que 
resolví contar mi experiencia, que no era una mentira como algunas de las otras. 
¿Piensas que alguien me creyó? Francamente pasé por mentiroso. Llegué a la con- 
clusión de que no debería haber contado ese hecho de mi juventud. Aprendí la lec- 
ción: en ciertas circunstancias hay que evaluar muy bien si se pueden revelar o no 
ciertas informaciones. 

Jesús caminó aquí en la tierra. Después de muchas demostraciones de poder sobre- 
natural, le preguntó a su grupo más íntimo lo que el pueblo decía respecto de Él, 
aunque sabía la respuesta. Ellos le dijeron que el pueblo creía que Él era Elias, Juan 
el Bautista, o alguno de los profetas del pasado, menos que fuera el propio Hijo de 
Dios. 

Entonces Él hace una segunda pregunta: "Y ustedes, quién piensan que soy yo". Y 
Pedro respondió por todos y dijo: "¡Tú eres el Cristo!". 

Entonces Jesús fue claro y directo en la advertencia de que no le revelaran eso a 
nadie. 

¿Por qué Jesús les prohibió que le dijeran al pueblo su verdadera identidad? Porque 
esa era tal vez la mejor estrategia para que el plan de salvación fuera mal entendido. 
Así como yo conté aquella experiencia en un momento inoportuno, así también para 
el pueblo no era la hora oportuna de revelar la verdadera identidad de Jesús. 

Satanás estaba atento, y por medio de agentes humanos intentaba matar a Jesús. 
Se había librado una batalla entre Jesús y Satanás, de vida o muerte. Uno de los dos 
debía morir para siempre; uno de los dos debía ser derrotado para luego morir y no 
ser jamás restablecido. Si Jesús fracasaba como hombre, nunca resucitaría para no 


Para que Jesús se convirtiera en el Salvador de la humanidad, había un plan minu- 
cioso y detallado que debía cumplirse. Este plan, por ejemplo, incluía el día y la hora 
de la crucifixión y la muerte de Jesús, incluso las palabras que debía pronunciar y 
muchos otros detalles. Cada elemento de este plan que se desviara de uno u otro 
modo, haría que la salvación fuera denunciada como impracticable. Y Dios no falla, 
no puede fallar. Ni Jesús, como candidato a Salvador, debía fallar si quería salvar a 
alguien. Aún cuando en aquél tiempo era apenas un humano como nosotros. 

Si las multitudes se hubieran enterado quién era Él en realidad, en vez de escuchar 
sus mensajes, lo proclamaría como Rey de Israel y pretenderían hacerlo líder en su 
rebelión contra el Imperio Romano y contra los actuales líderes judíos. Eso casi ocu- 
rrió por iniciativa, felizmente, de un pequeño grupo, entre los cuales estaban los 
discípulos más allegados. ¿No alcanzaba con las polémicas que los líderes religio- 
sos judíos provocaban? 

La revelación a las multitudes acerca de quién era Él debía darse después de que Él 
se convirtiera en el Salvador, o sea, después de que El cumplirá con la parte del plan 
de salvación que incluía la muerte en la cruz. Debemos notar que El mismo no podr- 
ía defenderse por medios supra humanos. Pero a los discípulos, luego de su ascen- 
sión podría, si fuera necesario, garantizarles defensa sobrenatural. 

Después de haberles impedido que revelaran quién era Él, les explicó lo que debía 
suceder con Él: sería apresado, enjuiciado y muerto. En eso consistía su misión. 
Después de todo, después de que se convirtiera en el Salvador victorioso, entonces 
quedarían en libertad de proclamar esa verdad al mundo entero. Ya no habría modo 
de alcanzar a Jesús para arruinar el plan de salvación. Sin embargo, Pedro todavía 
no lo había entendido. Quedó enojado y le advirtió a Jesús que no le hablara de ese 
modo. Vemos entonces que aún las personas que lo conocían querían que Él no fue- 
ra otra cosa que un rey, nada de que fuera muerto; nada que implicara que se convir- 
tiera en un Salvador. Querían un rey terrenal, nada más. Si las multitudes supieran 
claramente quién era Él, habrían hecho lo mismo que Pedro, es decir, se habrían or- 
ganizado y generado una gran confusión para la misión. 

No fue nada fácil para Jesús su peregrinaje para llegar a ser el Salvador de la huma- 
nidad. Debemos tener mucho cuidado para no echar todo a perder diciendo palabras 
mal ubicada en el tiempo y en el contexto. 


Aplicación del estudio 

El párrafo del libro El Deseado de todas las gentes, p. 615 seleccionado por el autor 
de la lección, nos revela que para vivir debemos comer la carne y beber la sangre del 
Hijo del Hombre. ¿Cómo es esto? ¿No parece algo extraño? 

La interpretación es espiritual. Está relacionada tanto a la vida eterna como con la vi- 
da terrenal, mientras la atravesemos. Es en esta vida transitoria que, comiendo la 
carne y bebiendo la sangre de Cristo, viviremos mejor y después obtendremos la vi- 
da eterna. 


Pero todavía faltan algunos detalles, ¿no es así? Ciertamente no se trata de algo lite- 
ral. El hecho es que nadie, ni siquiera los discípulos, comieron la carne o bebieron la 
sangre de Jesús. 

Pues bien, la iglesia romana hace algo curioso. Transforma (por medio de una tran- 
substanciación) el pan en la carne de Cristo, y el vino en su sangre. Pero eso no tie- 
ne base bíblica, por lo tanto, es un ritual inventado que parece verdadero, pero que 
es absolutamente falso. 

Entonces, ¿cómo se resuelve esto de comer la carne de Cristo y beber su sangre? 
La lección lo explica: Nuestra vida la debemos a la muerte de Cristo. Tanto la vida 
pasajera como la eterna. Cada vez que comemos pan, o bebemos agua, vivimos por 
los méritos de la muerte de Cristo. Todo alimento que ingerimos se vuelve sagrado a 
la luz irradiada por aquél servicio de comunión en el aposento alto, en la cena con 
los discípulos. Allí Jesús hizo provisión de vida para sus hijos, la que selló con su 
muerte en la cruz. Esto es más que un motivo, sagrado, porque hace que tomemos 
muy en serio la reforma de la salud que la iglesia está promoviendo con bastante de- 
dicación. Estamos en los días en los que tenemos que consagrarnos a Dios, y esa 
consagración comienza con la alimentación. 

Prof. Sikberto R. Marks 


Comentario da Ligao da Escola Sabatina 


© Prof. Sikberto Renaldo Marks 

(marks@unijui.tche.br) 

© Traducción: 

Rolando D. Chuquimia (rdchuquimia@ciudad.com. ar) 

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